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EL CUERPO RECUERDA LO QUE EL ALMA AUN NO PUEDE ELABORAR
Reflexión: El cuerpo recuerda lo que la mente aún no pudo elaborar
Durante la infancia, especialmente antes de los 12 años, el cerebro se encuentra en una etapa de desarrollo en la que aún no cuenta con las estructuras necesarias para procesar experiencias complejas o altamente estresantes. El lóbulo frontal, encargado de funciones como la regulación emocional, la toma de decisiones y la elaboración de significado, todavía no ha madurado.
Esto implica que muchas vivencias intensas —situaciones de miedo, abandono, violencia, pérdida o estrés sostenido— no pueden ser organizadas cognitivamente por el niño. No hay aún “un lugar” interno donde comprenderlas, nombrarlas o integrarlas.
Sin embargo, el hecho de que no puedan ser procesadas no significa que no impacten.
El impacto ocurre… pero de otra manera.
Cuando la mente no puede elaborar, el cuerpo registra.
Por eso, muchas de las manifestaciones que observamos posteriormente —ansiedad, angustia, depresión, irritabilidad— no son simplemente síntomas aislados, sino expresiones de experiencias que no lograron ser simbolizadas en su momento. A nivel físico, esto puede traducirse en somatizaciones: dolores abdominales, sudoración, taquicardia, tensión muscular, entre otros.
El cuerpo se convierte en el archivo de lo no elaborado.
En el trabajo clínico con adolescentes, especialmente aquellos con consumo problemático de sustancias, esta realidad es frecuente. Detrás de la conducta no se encuentra únicamente una búsqueda de placer o evasión, sino intentos de regulación frente a estados internos desbordantes. Estados que muchas veces tienen su origen en experiencias tempranas de alto estrés, vividas sin recursos emocionales suficientes y, en muchos casos, sin la presencia de figuras de apego que ofrecieran contención, protección y guía.
Cuando el niño atraviesa el dolor en soledad, no solo enfrenta el evento, sino también la ausencia de sostén.
Esta combinación suele dejar huellas profundas en la organización emocional. Con el tiempo, estas huellas pueden manifestarse en dificultades para regular emociones, vínculos inestables, sensación de vacío, ideación suicida o conductas de riesgo. En este sentido, el consumo de sustancias no es el problema central, sino una estrategia —ineficaz, pero comprensible— para manejar un malestar interno no resuelto.
El síntoma no es el origen.
El síntoma es la expresión.
Por ello, la psicoterapia se convierte en un espacio fundamental de reorganización interna. Es el lugar donde lo que fue vivido sin comprensión puede comenzar a ser nombrado, pensado y resignificado. A través del vínculo terapéutico, la persona puede desarrollar nuevas formas de entender su historia, integrar sus experiencias y construir recursos que antes no tuvo.
El proceso terapéutico permite:
• Dar lenguaje a lo que antes era solo sensación.
• Identificar patrones emocionales y corporales.
• Reconectar la experiencia vivida con una narrativa comprensible.
• Desarrollar regulación emocional y sentido de coherencia interna.
Sanar no implica eliminar lo vivido, sino poder integrarlo en la propia historia sin que siga determinando el presente.
Cuando el trauma encuentra palabras, deja de manifestarse únicamente a través del cuerpo.
Cuando encuentra comprensión, comienza a transformarse.
La intervención psicológica no solo busca aliviar síntomas, sino favorecer un proceso más profundo: que la persona pueda habitar su presente con mayor estabilidad, construir vínculos más seguros y orientar su vida hacia un propósito más saludable y consciente.
Dra. Marlene Saravia García
Psicóloga Clínica
6048-3198
Guápiles, Limón